Emulando nuestra naturaleza.

La idea de un ambiente sano en el que los humanos podamos disfrutar los recursos de una manera sustentable pareciera un mundo utópico, que solo está en nuestro pensamiento y su vez, desata nuestras iniciativas por hacer esos pequeños cambios que puedan lograrlo. Sin embargo, al volver a la realidad podemos observar que nuestras acciones van enfocadas al deterioro constante de nuestro ambiente, logrando con ello, paisajes oscuros, con sobrepoblación, depravación y excesos.

 

En diversas ocasiones hemos visto documentales donde se nos advierte sobre la problemática ambiental a la que nos estamos enfrentando, mis primeros recuerdos de este tema se remontan al año 2006, cuando decidí estudiar la carrera de ingeniería ambiental y uno de los temas que evidentemente abordé desde el inicio fue el de contaminación del agua. En aquel entonces veía un panorama angustioso, un ambiente calcinado y decadente, razón por lo cual siempre he pensado que ha valido la pena cada acción por devolverle a nuestro paraíso, un poco de lo que le hemos quitado.

 

Entre las diversas opciones que hoy en día existen para abatir las problemáticas ambientales, hay una que captó mi atención, y es de la que les quiero compartir unas palabras, se trata de los humedales artificiales para el tratamiento de las aguas residuales domésticas. Aquellas aguas que, en muchos poblados de nuestro país debido a la falta de infraestructura, son descargadas directamente a los cuerpos de agua sin un tratamiento previo.

 

Los humedales son ecosistemas definidos como extensiones de marismas, pantanos y turberas, o superficies cubiertas de agua, sean estas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, incluidas las extensiones de agua marina cuya profundidad en marea baja no exceda de 6 m.

 

Los humedales artificiales emulan el accionar de la naturaleza al dar el tratamiento a las aguas grises en un medio controlado y obteniendo con ellos grandes beneficios ambientales a precios razonablemente económicos. Un punto importante es que estos sistemas son incluyentes con las comunidades donde se han implementado promoviendo el sentido de pertenencia y apego a los recursos con los que se cuenta, obteniendo como resultado un uso racional del recurso agua.

 

Son tres los componentes principales de los humedales artificiales, sustrato, vegetación y el agua a tratar. El sustrato es el soporte sobre el cual se fijará la vegetación que a su vez mantendrá la acción microbiana que se encargará del proceso de eliminación de los contaminantes. La vegetación aporta el oxígeno al sustrato a la vez que elimina nutrientes de las aguas. Finalmente tenemos el agua a tratar, la cual principalmente se obtiene de las actividades domésticas.

 

La vegetación que se emplea en este tipo de tecnologías es la misma que se encuentra en los humedales naturales, las cuales suelen ser plantas acuáticas emergentes, destacando entre ellas el carrizo (Phragmites australis). Se trata de una planta fanerógama de la familia de las Gramíneas o Poáceas. Es perenne y posee un potente y largo rizoma leñoso que se desarrolla de forma rastrera y muy activa sobre la superficie del terreno en busca del agua.

 

Aunque este tipo de humedales son destinados principalmente a sistemas de tratamiento, también proporcionan beneficios intangibles, aumentando el valor estético y paisajístico del lugar donde son construidos. La percepción del medio donde existen los humedales es de un ambiente extraordinariamente rico, el cual introduce el componente agua al paisaje. Los humedales naturales o construidos son de gran valor para la diversidad de los paisajes y debemos promover su implementación como sistema de tratamiento.

 

En nuestro país tenemos casos de éxito como Santa Fe de la Laguna en Michoacán, los cuales refuerzan mi idea de que son las pequeñas acciones las que nos harán volver al jardín del Edén. Recordemos que somos seres que poseemos conciencia. La vida, la cual considero un milagro en el universo, empezó hace aproximadamente 4,000 mil millones de años y nosotros sólo existimos desde hace 200 mil años. Sería justo que pensemos en perdurar a través del tiempo de la mejor manera posible y sin alterar nuestro equilibrio.

 

 

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